Fin de semana en Praga
Pero ya no podía sacarse de la mente a Praga.
Praga, Praga, Praga venía a él en todas sus formas. Todas las imágenes acumuladas en apenas un fin de semana se sucedían sin parar en su mente.
Desde el adiós un airecito desolado lo rodeaba, como si supiera que nunca más volvería a estar allí. Praga despertaba a su vida normal de lunes mirando alejarse el bus como si fuera nada y él se llenaba de melancolía por irse.
Hasta el final Praga le había conquistado con sus misterios, caminando por perfectas callecitas tratando de adivinar sentimientos innombrables, cruzando sus puentes de sonrisas enigmáticas y sus plazas de secretos develados en las pocas palabras que entendía de su idioma. En cada detalle Praga le miraba con unos ojos profundamente perturbadores que él quería entender como una invitación a estar en ella para siempre.
Pero justo cuando estaba a punto de gritar que se quedaba, un sutil desdén desde su Castillo, cualquier gesto distraído desde su Catedral le volvían a poner sobre la tierra, y le convencían de lo imposible de dejar su mundo por ese pedazo de extraño paraíso.
Comer o dormir en esos días fueron casi prescindibles. Apenas unas horas de sueño, apenas un par de bocados, lo suficiente para seguir recorriendo su niebla sin distraerse, seguir oyendo en silencio los ligeros murmullos de su roja cabellera de otoño y de su gris de Europa central, seguir sintiendo sus fríos amaneceres y vibrando con sus festivas noches de música y bailes.
Nada había sido planeado, sólo se dejó llevar. Un viaje de una dimensión a otra. Y fue mucho más rápido de lo que pensó. En un abrir y cerrar de ojos él ya estaba ahí, en ella… Praga entraba a él por sus cinco sentidos, como si empezara a adueñarse de todo lo que tocaba y llegaba a ser tan gigante que él, como un insecto, se perdía en su inmensidad y se proponía descubrirla.
El viaje había comenzado el viernes por la noche en un café de la Place des Terreaux. Como nunca él había entrado para refugiarse del frío después de una película horrible y estaba a punto de volver a su departamento, cuando una blanquísima mano de mujer movió súbitamente una silla y sin más, sentándose en su mesa, con un acento enigmático pareció decir “Bonsoir, je m´appelle Praga…”






